martes, 13 de octubre de 2015

Equinoccio


La niebla avanzaba con suavidad por el bosque, casi sensualmente, rodeando con su gélido abrazo los desnudos arboles. Algunas hojas agostadas, secas, arrugadas, casi muertas resisten aun en las ramas de unos pocos arboles. Sus compañeras yacen muertas, victimas del equinoccio y se amontonan sobre los cadáveres en descomposición de anteriores batallas. Forman montículos de mayor o menor tamaño, en los que la muerte y la podredumbre campan a sus anchas. Todo este paisaje bañado por la niebla y plagado de los restos del verano recuerda de manera explicita, incluso sádica, a la muerte.

No a la idea de la muerte sino a la realidad de la muerte. A la propia muerte. Se trata de mirar directamente a su rostro. Mirar algo mas que cavidades vacías, ver sus ojos si realmente los tiene, confirmar que la muerte es la madre de las ironías. 

Continuo andando, pisando sobre un largo colchón de hojas que cruje, protesta y finalmente se rompe. Alguna rama, algún hueso se resquebraja estallando en astillas de diferentes tamaños, produciendo un sonido sordo, vacío, que se apaga acolchado en esta celda mullida formada por la mortecina niebla.

De entre todo este hummus denso de restos muertos en el que navego, sobresalen largos y afilados dedos. Huesos desnudos, carentes de carne. Árboles sin hojas rozan un cielo que se asoma cercano y a la vez mudo.

Este paisaje insondable, este infierno aquí en la tierra acaba envolviéndome, intenta fagocitarme, intenta arrebatarme todo aquello que desentone con su masa informe. Un ser vivo, un ser fértil, no tiene cabida dentro de este paisaje yermo en el que nada crece, todo se tiende estéril y un vapor viscoso cubre huesos y restos pútridos en el suelo.

En mi mente parece retumbar una letanía de advertencias:

-¡Súbdito del reino de los vivos que miras directamente a la muerte y te sientes a salvo de ella,  pues aún estas vivo, te sientes vivo, notas el calor en tu cuerpo y de esa guisa regresas al cálido y reconfortante hogar!¡Te advertimos: aunque regreses a tus seres queridos y al mullido sillón jamas olvidarás, ni podrás ocultar lo que aquí viste: muerte y desolación. Ambas te aguardan!

Nada se nos ha dado ya -susurran las voces entre la niebla- ni tan siquiera un lugar digno donde reposar. Solo hemos sido devoradas, segundo a segundo por el tiempo, ese que se encarga de encumbrar y mas tarde derrumbar. Ese que excava en tu piel arrugas, que teje su tela de araña y que desde el momento mismo de tu concepción de atrapa en su red, esperando el momento, deleitándose, decidiéndose finalmente a acabar contigo.

-¡Quizás si tienes suerte esta será de una manera rápida y certera, sino seguirás sufriendo!

Probablemente te hará olvidarte poco a poco de ti, devorará tus recuerdos. Los engullirá rebosantes sus entrañas y no parará. Los tragará sin ni tan siquiera saborearlos, como tu hacías con ellos, lo hará mecánicamente. Ejercitará su mandíbula contigo sin ningún sentido, te arrancará miembros, te destrozará y dejara tu cuerpo, tu cadáver, tirado al azar para que se descomponga del todo.

Otras voces con un tono mas agudo, me gritan al oído:

-¡Súbdito del reino de los vivos siéntete vivo aunque en realidad ya estés muriéndote porque entre tu sentimiento y nuestra realidad, ya marchita, hay toda una vida, llena de sus segundos e instantes. Toda una vida que no es sino un morir, toda una muerte vivida,toda una contradicción de vivir!

Es aquí cuando todas estas voces de ultratumba, se lanzan en conjunto a martirizarme, lanzando su último consejo:

-¡Tú, súbdito del reino de los vivos aprende a desvivirte y aprenderás a desmorirte! Así cuando la araña que todo lo devora venga a por ti, la esperarás triunfante sabiendo que estás un paso por delante de ella. Porque  día a día, segundo a segundo, aprendiste a desvivirte antes de tiempo, y con lento y seguro paso fuiste desmuriéndote, dejando tu poso y tus restos en los demás, y no dejando festín alguno para esa criatura.

¡Quedas advertido!¡Esta es la manera de triunfar sobre la muerte que a todos nos espera, porque incluso antes de amanecer ya estamos muriendo!¡date!¡date entero!¡date sin remordimientos!

Perturbado, con mi corazón encogido y rogando al cielo, abandoné aquel rincón oscuro pero sabio de mi conciencia.

lunes, 5 de octubre de 2015

Seducir: (Del lat. seducĕre).



La seducción es un juego de dos en el que uno mantiene el interés y el otro va mostrándose poco a poco. Se va desnudando, enseñando poco a poco, las partes de su ser que le interesa pero sin darse cuenta muchas veces que con esa actitud también muestra partes de su ser mas escondidas de lo que en un principio pensó que podrían estar. Es decir incluso intentando un cosa consigue otra o consigue una tercera que incluso desconocía.

En el arte de la seducción tú usas las palabras adecuadas a veces disparatadamente otras de manera certera. Consigues imponerte, consigues que solo te preste atención y cuando avanzo te retiras.

Con tu seducción intentas hacerme ver lo singular que eres. Confieso que a veces lo consigues otras veces creo que eres tu quien necesita saberlo, quien necesita oírlo de otra persona. Necesitas encontrarte, aunque sospechas mas o menos por donde van los tiros, quizás todo sea miedo a la soledad. Yo la mayoría de la veces cuando me abandono al sentimiento así lo creo, creo que eres especial, ¿ lo quieres oír? lo confieso, eres especial.

Pongo una canción en bucle, la melodía llena mis sentidos, me conduce a donde quiero ir cuando pienso en ti.

Pienso en seducirte yo también, pienso en jugar al mismo juego, pero me voy conociendo y soy demasiado inocente y espero no perder esa cualidad nunca. Lo intento durante cinco minutos pero  me canso enseguida, es demasiado esfuerzo para mi y tu vuelves a ganar. Ese anhelo de querer mostrarme igual a como tu lo haces puede conmigo, confieso que acabas ganando el juego de la seducción y sí, confieso que eres especial. No quiero pensar en que salgo perdiendo, de eso no se trata, me retiro a mi posición creyéndolo firmemente, eres especial. No se si estoy contaminado por el virus o es sencillamente real. 

Poco a poco voy perdiendo la capacidad de distinguirlo. Has entrado dentro de mi mundo, de mi día a día. Sin quererlo, sin esforzarme suelo pensar en ti. En nada especial, sólo en ti. Me sorprendo realmente cuando lo hago. Hacía tiempo.

Finalmente pienso que en el juego de la seducción todo se trata de mostrar interés, de conseguir atención, de distinguirse de entre el montón de gente. Otra cosa es a quién elegimos y quiénes aceptamos ser los sujetos de esa seducción. Espectadores que acuden maravillados a ver una nueva versión, así me siento yo, un espectador de ti. Sólo observo y me gusta lo que veo, en algún momento has conseguido que así sea, me debo considerar afortunado por ser el único que lo hace o quizás sea simplemente que de alguna manera tu cayeras seducida por mi antes que yo por ti.

La vida es toda seducción o quizás solo lo crea hasta que mi cuerpo entre en la madurez y abandone los años de sensualidad, pero hoy en día se me muestra de una manera clara y nítida como el amanecer. He caído de alguna manera rendido ante ti, el ahora está claro el futuro por determinar, sigamos jugando.


martes, 29 de septiembre de 2015

Y entre tanto ruido encontré una dulce melodía.



De entre todos los anhelos el mismo de no anhelar, de no necesitar, de completarse uno del todo es una trampa codiciosa y malvada, pues de alguna manera en esta vida aun pudiendo transcender sólo podemos elevarnos pero no flotar y todo finalmente se reduce a eso, a rayos de luz que se escapan por entre las nubes.

Entre tanto ruido diario, entre tanta monotonía sigue manteniéndose oculta y certera la belleza de la cosas. Uno puede intentar mantenerse atento para intentar descubrirla, mantener incluso una actitud activa, curiosa, despierta...pero francamente tarde o temprano fracasará en la intentona y caerá abatido ante el acople sonoro de realidad y cotidianidad.

El entumecimiento, no es tan malo como parece a primera vista, sino que es condición esencial. Estar adormilado, tener los sentidos embotados, es una cualidad mas que necesaria para ser sorprendido por la belleza, por la vida misma. Como cuando tener hambre es necesario para disfrutar de la comida o como cuando el dolor muchas veces es necesario para sentirse y saberse vivo.

Creo que todo esto se debe a que de alguna manera no podemos estar 24h/7d face to face con el mundo que nos rodea. Nuestra puerta de entrada a esta realidad es a través de la estrechez de nuestros ojos. Un minúsculo agujero por el que se cuela gota a gota la realidad. Todo un océano que necesita ser divido en diminutas partículas a fin de conocerlo. Así a pequeñas cucharaditas, lo vamos digiriendo pero con la maldición de que solo la primera de ellas es la mas sabrosa, el resto van poco a poco perdiendo sabor, volviéndose incluso insípidas.

Por ello busco reivindicar ante una actitud cada vez mas proactiva y procastinadora propia del hommo urbanitas, otra nueva, contraria, paradójica y es la siguiente...dejarse sorprender.

La dulzura, la belleza, la gratuidad de todo lo bueno en esta vida son inversamente proporcionales a su intento de búsqueda. Contradicción o acto de rebeldía, llámese como se quiera pero lo verdadero o esencial es gratuito, lo honesto se da con el corazón abierto y la belleza necesita disfrazarse de incógnito en muchos momentos para luego sorprendernos a la vuelta de la esquina. De la misma forma en que descubrimos a otros en nosotros, nosotros lo hacemos en ellos, así como por arte de magia. 

Está actitud es una buena manera de sumergirse en el día a día y quizás si tenemos suerte o un chispazo de luz mientras volvemos a casa después del curro o de la universidad, llueva o este despejado, haga frío o calor podamos, a través de nuestros ojos, disfrutar el delicioso contraste  entre la pequeñez de los siglos y la magnitud  de los segundos.


viernes, 17 de julio de 2015

Caminar


La fina lluvia cae sobre mí, comienzo a caminar,  el olor a humedad lo impregna todo. A mi izquierda un muro de piedras, unas sobre otras, cubierta de una capa gruesa verde de musgo. Un musgo espeso. Me hace pensar. Cuánto tiempo lo llevó crecer. En qué momento nació. Cuántos veranos estuvo a punto de secarse por culpa del estío.

Ahora mismo lo cubre todo y  refuerza la sensación de humedad en mi cuerpo, humedad en mi alma, humedad en la tierra.

El camino de fina grava se extiende ante mí y prosigue hasta donde mi vista alcanza. La lluvia de la noche anterior ha convertido el que fuera en otra época "desierto entre dos selvas", en un mediterráneo de fango, poco espeso, viscoso y algo pegajoso. Sólo algunas piedrecillas del camino, de esas que nos hacen tropezar algunas veces y otras se nos meten en los zapatos y entorpecen nuestra marcha, consiguen rebelarse. Y como bastiones ante las hordas salvajes y caóticas, resisten. Juego, ironía...pero a la vez que mágico...lo que unas veces nos detiene y nos entorpecen la marcha, otras suponen un momento de reflexión, una ayuda. Puede tratarse de un brazo tendido o de una roca donde agarrarse, descansar y tomar aire.

Y así sucede, la vida varía mucho según el sentido que le demos y este irremediablemente varía según la perspectiva que tomemos.

La vida duele, pero en cuanto que duele es hermosa, pues en qué momento somos más plenamente conscientes de lo que es vivir, que cuando sufrimos.

A mi derecha en fila india uno tras otro, se encuentran siguiendo el camino una fila inconclusa de arboles plantados por la mano del hombre. Llevan días asomando sus recién estrenadas hojas. A pesar de la intervención humana estos árboles han conseguido con el paso del tiempo echar fuertes raíces y crecer alto de tal manera que sin crear una autentica bóveda, consiguen por lo menos con su sombra y largos brazos, dar la impresión de una.

El verde de sus hojas se me antoja radicalmente nuevo, ello me hace recapacitar a pesar de lo espeso que encuentro hoy.

Acaso había olvidado que la belleza, lo bonito es algo, de las pocas cosas en ésta vida, que permanece inmutable. Aquella armonía de verdes que me miraban desde arriba me transmitía sencillamente paz y alegría.

Así caminando por el sucio camino de la vida iba siendo testigo de mi propia metáfora. Podía mirar al suelo. Al frio, húmedo y áspero suelo o mirar arriba a la armonía, el color y la suavidad.

lunes, 13 de julio de 2015

La genialidad

Todos los grandes artistas han sufrido eso que llaman bendición-maldición. Quizás sea eso mismo, el peso del espíritu que los eleva como un globo lleno de helio, directos a la estratosfera hasta que quedan anclados momentáneamente por la razón. A cierta altura son balanceados por el viento, a veces suave, a veces violento quedando temporalmente suspendidos.

Si  son excesivamente sensibles, es decir contienen un espíritu volátil, la cercanía del sol, de su calor hará que este comience a evaporarse liberándose su espíritu de toda atadura, separándose cada vez más de la tierra hasta fundirse con el éter de los sueños.

Es entonces y sólo entonces cuando la genialidad alcanza las cotas más altas. La genialidad como paroxismo, es el punto de no retorno. Toda sujeción, toda contención ha quedado rota y la tierra, la realidad ya ni tan siquiera son un punto diminuto, no existen.  El final acomete cuando de la misma manera que en un cielo despejado aparecen en la lejanía amenazadoras nubes cargadas de tormenta. El espíritu comienza a transformarse, como un elemento más y pasa de un estado a otro, exactamente igual que la materia, precipitándose generalmente de manera rápida y vertiginosa a la tierra de donde una vez salió y de donde repetidas veces intento elevarse.

La gran mayoría de las veces esta caída inhabilita al artista para recuperar su volatilidad, e incluso con más frecuencia de la que creemos lo inhabilita para la vida común que se encuentra en la tierra. Es ahí cuando muerta la genialidad creativa el artista descubre que se encuentra maldito e intenta buscar refugio en fuerzas que casi no atisba desde la tierra pero cree suficientemente fuertes si no para elevarle al menos para sujetarle fuertemente a la tierra. No por miedo a las alturas o su caída, sino por mantener ese anhelo de elevarse. Ese anhelo le permite seguir soñando, la memoria le ayuda a no olvidarse de lo vivido, la memoria sustituye  a la genialidad creativa. Ya no se trata de un sentimiento de creación, sino un intentar reproducir de diferentes maneras esa sensación; en intentar plasmarla de la manera más realista posible. Recordar cómo ser un genio, recordar como elevarse hacia las alturas. Recordar lo que es una bendición, olvidar lo que es una maldición.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Relato de los Suburbios I


        En las largas colas de los supermercados de los suburbios uno puede llegar a conocer a personas sin ni siquiera llegar a intercambiar palabra alguna o mirada de ningún tipo. Son muchas las cosas que uno, si se recrea con ociosidad en el arte de observar, es capaz de notar.

   Por ejemplo fijémonos en la forma en que los “compradores” esperan en la cola. Algunos se apoyan en una u otra pierna, mueven los brazos, los cruzan, los estiran, los dejan caer flácidamente, meten sus manos en los bolsillos de sus abrigos con sus gafas deslizanzo lentamente por su nariz. Soplan, resoplan, se colocan el pelo y permanecen firmes como reafirmando su presencia. La posición de cada espalda describe la gravedad con la que se toma cada uno asi mismo, dejando de lado cualquier fingida solemnidad.

      Pi-pi-pi

    El pitido de los productos pasando por el lector, la cola se desentumece y avanza hacia su destino. Desde el final al principio de la cola se comparten suaves movimientos de cabeza, muecas con la boca e incluso tímidas sonrisas que son a estas alturas del dia como pequeños salvavidas en el mar de la rutina. En algunos momentos se atisban también  palabras y suspiros que aderezan con algo de humanidad esta cola que igual que nuestra vida transcurre entre lo tedioso y lo realmente aburrido. 

    Algunos dirán que es parte de nuestra vida en los suburbios. Hoy en día la clase media abandona el bullicio de la ciudad y retorna a los campos, pero estos ya no existen. En su lugar moles enormes de hormigón monocromático se levantan como homenaje, como reflejo de lo que pasa en el interior de todo pequeño burgués, siempre ocupado y casi siempre vacío. Preocupado únicamente por el ejercicio  irreflexivo de no desentonar.

   Defecto y vicio es desentonar. Con pulcritud y observancia cumplimos virtudes y sin mear fuera del tiesto (al menos sin que nadie lo sepa) intentamos transcurrir por esta vida. “No des más de lo que puedas recibir”, “encuentra el intercambio más justo y beneficios para ti”, “mantén el buen hacer de tu apellido”, “procura no alejarte de las posiciones políticas caseras”, “que nadie sepa como piensas”, “que te conozcan por tu productividad laboral”.

     Así entre lo monolítico y lo uniforme, caminamos muchas veces de manera inerte.

Pi-pi-pi

Sigue avanzando esta cola y me fijo en la mujer que tengo delante de mí. Posee unos grandes ojos de color verde que adornan  una cara blanca,  apenas afectada por la edad . Mira expectante al dependiente. Su pelo suave desprende un color cobrizo y cae recogido hasta el cuello. Me atrae el color de sus uñas, un color entre naranja y rojizo que me hace sentir nostalgia por el verano. Me quedo observándola, sus manos juguetean con una tarjeta de crédito.  Cuando se cansa se apoya en el borde de la cinta transportadora. No medirá más de 1,60 a ojo de buen cubero.

    El color de sus uñas y sus manos finas me recuerdan las caricias de mi madre en mi más tierna infancia. Tardes de verano en las que uno se acurrucaba en su madre buscando de manera innata esa calidez y ternura. Caricias de las que una mano era la principal mensajera. Que delicia pasar horas y horas con esa sensación de paz y remanso. La brisa surcando tu frente mientras mirabas a tu madre sonriendo y esta te devolvía la mejor de sus sonrisas. Momentos en los que uno se encontraba asustado de vivir, atraído por observar y absorto por lo maravilloso de este mundo.

Miro a esta mujer que se encuentra en ese momento de tránsito entre la belleza juvenil y la maternal, la contemplo y de alguna manera recuerdo la calidez de la lejana infancia.

      Pi-pi-pi

Es mi turno, aquella mujer se  aleja con su compra. Desconozco si la volveré a ver.

     Paso a paso yo también me voy alejando del supermercado y de los inocentes recuerdos de mi infancia. Camino con cierta nostalgia mientras creo oír en mi interior la afirmación de que los hombres anhelamos muchas veces volver al sueño del que una vez fuimos expulsados. Retornar a ese estado semiinconsciente, flotante, cálido y seguro que solo conocimos en el seno de nuestra madre.

Así un día más la cola del supermercado supone un examen de conciencia al que me someto con esa sensación encontrada de que dejo algo de mí en aquellas estanterías y de que algo nuevo me acompaña a casa.

lunes, 16 de marzo de 2015

      Quizás lo realmente bello en esta vida sea lo inesperado por el mero hecho de que pasemos delante de ello y no nos inmutemos, no seamos capaces de reconocerlo. Que no le otorguemos ninguna condición porque lo ignoramos por completo. Quizás esa sea su verdadera cualidad, la de permanecer oculto a nuestros sentidos, permanecer en estado latente esperando a que de alguna manera nos percatemos de ello.
    
    Quizás también sea esa necesidad de ser descubierto, esa capacidad de permanecer ajeno a lo humano a lo material, lo que realmente le otorgue la condición de bello.
       
      Sea cual sea la razón o el motivo lo que sí es cierto es que la belleza de lo inesperado es dos veces bella, una en cuanto a su condición  y la otra en cuanto a que es inesperada.
      
     Así sucede cuando de alguna manera imprevista nos encontramos con una persona que ha permanecido oculta no en un su presencia sino en su esencia, en su interior. De tal manera que aunque la reconozcamos no  la conocemos. Así sucede hasta que un momento concreto por arte de magia, como una flor que apenas se abre un instante o como la luna asomándose en la oscuridad de la noche, pasamos de reconocer a conocer.
     
     Es tan bello el momento y la imagen que tratamos, antes de que desaparezca, de grabarla en nuestra memoria en vez de dejar a los recuerdos que se acumulen y la escena transcurra tal cual. Perdiendo  así el momento y la capacidad única de vivirlo y experimentarlo. Experimentar lo que es reconocernos en el otro hasta el sentido literal de vernos reflejados en sus pupilas.
     
    Quizás en la vida de cada uno nos topemos con estos momentos inesperados, con esas personas inesperadas, con esos reflejos inesperados, con esa belleza inesperada de compartir una mirada, unas palabras o un suspiro. Quizás lo más bello y lo más inesperado de ser nosotros mismos es que sólo a través de los demás somos capaces de vernos, de reconocernos, de conocernos. Por eso es tan inesperado encontrarse con ese momento o con esa persona que refleje tan bien lo que uno es.