Si son excesivamente sensibles, es decir
contienen un espíritu volátil, la cercanía del sol, de su calor hará que este
comience a evaporarse liberándose su espíritu de toda atadura, separándose cada
vez más de la tierra hasta fundirse con el éter de los sueños.
Es entonces y sólo entonces
cuando la genialidad alcanza las cotas más altas. La genialidad como paroxismo,
es el punto de no retorno. Toda sujeción, toda contención ha quedado rota y la
tierra, la realidad ya ni tan siquiera son un punto diminuto, no existen. El final acomete cuando de la misma manera
que en un cielo despejado aparecen en la lejanía amenazadoras nubes cargadas de
tormenta. El espíritu comienza a transformarse, como un elemento más y pasa de
un estado a otro, exactamente igual que la materia, precipitándose generalmente
de manera rápida y vertiginosa a la tierra de donde una vez salió y de donde
repetidas veces intento elevarse.
La gran mayoría de las veces
esta caída inhabilita al artista para recuperar su volatilidad, e incluso con más
frecuencia de la que creemos lo inhabilita para la vida común que se encuentra
en la tierra. Es ahí cuando muerta la genialidad creativa el artista descubre
que se encuentra maldito e intenta buscar refugio en fuerzas que casi no atisba
desde la tierra pero cree suficientemente fuertes si no para elevarle al menos
para sujetarle fuertemente a la tierra. No por miedo a las alturas o su caída,
sino por mantener ese anhelo de elevarse. Ese anhelo le permite seguir soñando,
la memoria le ayuda a no olvidarse de lo vivido, la memoria sustituye a la genialidad creativa. Ya no se trata de
un sentimiento de creación, sino un intentar reproducir de diferentes maneras
esa sensación; en intentar plasmarla de la manera más realista posible. Recordar
cómo ser un genio, recordar como elevarse hacia las alturas. Recordar lo que es
una bendición, olvidar lo que es una maldición.

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