Quizás lo realmente bello en esta vida sea lo inesperado por el mero hecho de que pasemos delante de ello y no nos inmutemos, no seamos capaces de reconocerlo. Que no le otorguemos ninguna condición porque lo ignoramos por completo. Quizás esa sea su verdadera cualidad, la de permanecer oculto a nuestros sentidos, permanecer en estado latente esperando a que de alguna manera nos percatemos de ello.
Quizás también sea esa necesidad de ser descubierto, esa capacidad de permanecer ajeno a lo humano a lo material, lo que realmente le otorgue la condición de bello.
Sea cual sea la razón o el motivo lo que sí es cierto es que la belleza de lo inesperado es dos veces bella, una en cuanto a su condición y la otra en cuanto a que es inesperada.
Así sucede cuando de alguna manera imprevista nos encontramos con una persona que ha permanecido oculta no en un su presencia sino en su esencia, en su interior. De tal manera que aunque la reconozcamos no la conocemos. Así sucede hasta que un momento concreto por arte de magia, como una flor que apenas se abre un instante o como la luna asomándose en la oscuridad de la noche, pasamos de reconocer a conocer.
Es tan bello el momento y la imagen que tratamos, antes de que desaparezca, de grabarla en nuestra memoria en vez de dejar a los recuerdos que se acumulen y la escena transcurra tal cual. Perdiendo así el momento y la capacidad única de vivirlo y experimentarlo. Experimentar lo que es reconocernos en el otro hasta el sentido literal de vernos reflejados en sus pupilas.
Quizás en la vida de cada uno nos topemos con estos momentos inesperados, con esas personas inesperadas, con esos reflejos inesperados, con esa belleza inesperada de compartir una mirada, unas palabras o un suspiro. Quizás lo más bello y lo más inesperado de ser nosotros mismos es que sólo a través de los demás somos capaces de vernos, de reconocernos, de conocernos. Por eso es tan inesperado encontrarse con ese momento o con esa persona que refleje tan bien lo que uno es.
Quizás también sea esa necesidad de ser descubierto, esa capacidad de permanecer ajeno a lo humano a lo material, lo que realmente le otorgue la condición de bello.
Sea cual sea la razón o el motivo lo que sí es cierto es que la belleza de lo inesperado es dos veces bella, una en cuanto a su condición y la otra en cuanto a que es inesperada.
Así sucede cuando de alguna manera imprevista nos encontramos con una persona que ha permanecido oculta no en un su presencia sino en su esencia, en su interior. De tal manera que aunque la reconozcamos no la conocemos. Así sucede hasta que un momento concreto por arte de magia, como una flor que apenas se abre un instante o como la luna asomándose en la oscuridad de la noche, pasamos de reconocer a conocer.
Es tan bello el momento y la imagen que tratamos, antes de que desaparezca, de grabarla en nuestra memoria en vez de dejar a los recuerdos que se acumulen y la escena transcurra tal cual. Perdiendo así el momento y la capacidad única de vivirlo y experimentarlo. Experimentar lo que es reconocernos en el otro hasta el sentido literal de vernos reflejados en sus pupilas.
Quizás en la vida de cada uno nos topemos con estos momentos inesperados, con esas personas inesperadas, con esos reflejos inesperados, con esa belleza inesperada de compartir una mirada, unas palabras o un suspiro. Quizás lo más bello y lo más inesperado de ser nosotros mismos es que sólo a través de los demás somos capaces de vernos, de reconocernos, de conocernos. Por eso es tan inesperado encontrarse con ese momento o con esa persona que refleje tan bien lo que uno es.
Y son esos momentos repentinos, cargados de energía, cargados de emoción, de sensitividad ... los que dotan de esencia y sentido a la vida, al menos en mi parecer...
ResponderEliminar...en tu parecer y en el mío Essence. Son instantes llenos de fuerza.
EliminarMuchas gracias por tu comentario.