viernes, 17 de julio de 2015

Caminar


La fina lluvia cae sobre mí, comienzo a caminar,  el olor a humedad lo impregna todo. A mi izquierda un muro de piedras, unas sobre otras, cubierta de una capa gruesa verde de musgo. Un musgo espeso. Me hace pensar. Cuánto tiempo lo llevó crecer. En qué momento nació. Cuántos veranos estuvo a punto de secarse por culpa del estío.

Ahora mismo lo cubre todo y  refuerza la sensación de humedad en mi cuerpo, humedad en mi alma, humedad en la tierra.

El camino de fina grava se extiende ante mí y prosigue hasta donde mi vista alcanza. La lluvia de la noche anterior ha convertido el que fuera en otra época "desierto entre dos selvas", en un mediterráneo de fango, poco espeso, viscoso y algo pegajoso. Sólo algunas piedrecillas del camino, de esas que nos hacen tropezar algunas veces y otras se nos meten en los zapatos y entorpecen nuestra marcha, consiguen rebelarse. Y como bastiones ante las hordas salvajes y caóticas, resisten. Juego, ironía...pero a la vez que mágico...lo que unas veces nos detiene y nos entorpecen la marcha, otras suponen un momento de reflexión, una ayuda. Puede tratarse de un brazo tendido o de una roca donde agarrarse, descansar y tomar aire.

Y así sucede, la vida varía mucho según el sentido que le demos y este irremediablemente varía según la perspectiva que tomemos.

La vida duele, pero en cuanto que duele es hermosa, pues en qué momento somos más plenamente conscientes de lo que es vivir, que cuando sufrimos.

A mi derecha en fila india uno tras otro, se encuentran siguiendo el camino una fila inconclusa de arboles plantados por la mano del hombre. Llevan días asomando sus recién estrenadas hojas. A pesar de la intervención humana estos árboles han conseguido con el paso del tiempo echar fuertes raíces y crecer alto de tal manera que sin crear una autentica bóveda, consiguen por lo menos con su sombra y largos brazos, dar la impresión de una.

El verde de sus hojas se me antoja radicalmente nuevo, ello me hace recapacitar a pesar de lo espeso que encuentro hoy.

Acaso había olvidado que la belleza, lo bonito es algo, de las pocas cosas en ésta vida, que permanece inmutable. Aquella armonía de verdes que me miraban desde arriba me transmitía sencillamente paz y alegría.

Así caminando por el sucio camino de la vida iba siendo testigo de mi propia metáfora. Podía mirar al suelo. Al frio, húmedo y áspero suelo o mirar arriba a la armonía, el color y la suavidad.

lunes, 13 de julio de 2015

La genialidad

Todos los grandes artistas han sufrido eso que llaman bendición-maldición. Quizás sea eso mismo, el peso del espíritu que los eleva como un globo lleno de helio, directos a la estratosfera hasta que quedan anclados momentáneamente por la razón. A cierta altura son balanceados por el viento, a veces suave, a veces violento quedando temporalmente suspendidos.

Si  son excesivamente sensibles, es decir contienen un espíritu volátil, la cercanía del sol, de su calor hará que este comience a evaporarse liberándose su espíritu de toda atadura, separándose cada vez más de la tierra hasta fundirse con el éter de los sueños.

Es entonces y sólo entonces cuando la genialidad alcanza las cotas más altas. La genialidad como paroxismo, es el punto de no retorno. Toda sujeción, toda contención ha quedado rota y la tierra, la realidad ya ni tan siquiera son un punto diminuto, no existen.  El final acomete cuando de la misma manera que en un cielo despejado aparecen en la lejanía amenazadoras nubes cargadas de tormenta. El espíritu comienza a transformarse, como un elemento más y pasa de un estado a otro, exactamente igual que la materia, precipitándose generalmente de manera rápida y vertiginosa a la tierra de donde una vez salió y de donde repetidas veces intento elevarse.

La gran mayoría de las veces esta caída inhabilita al artista para recuperar su volatilidad, e incluso con más frecuencia de la que creemos lo inhabilita para la vida común que se encuentra en la tierra. Es ahí cuando muerta la genialidad creativa el artista descubre que se encuentra maldito e intenta buscar refugio en fuerzas que casi no atisba desde la tierra pero cree suficientemente fuertes si no para elevarle al menos para sujetarle fuertemente a la tierra. No por miedo a las alturas o su caída, sino por mantener ese anhelo de elevarse. Ese anhelo le permite seguir soñando, la memoria le ayuda a no olvidarse de lo vivido, la memoria sustituye  a la genialidad creativa. Ya no se trata de un sentimiento de creación, sino un intentar reproducir de diferentes maneras esa sensación; en intentar plasmarla de la manera más realista posible. Recordar cómo ser un genio, recordar como elevarse hacia las alturas. Recordar lo que es una bendición, olvidar lo que es una maldición.