-Yo tenía un hijo que corría todo el día: de arriba abajo, incluso me pedía que lo cronometrara. No paraba quieto, y...
Escuchaba la historia de aquel adulto, en lo que parecía su único recuerdo filial. Alguna vez la pregunté si no tenía más recuerdos, entonces me miraba y medio sonreía de manera triste, a continuación seguía conversando sobre algún tema baladí.
Yo me quedaba pensativo. Me atrevía a analizar y pensar que la vida tiene esas formas de cruel ironía. Me imaginé a su padre, ante la misma situación, ante la misma pregunta. Y el resultado era el siguiente. Probablemente su padre, no sabría ni que contestar, dejando aquel adulto-niño aún más huérfano.
Aquel intentó ser amado y no lo consiguió. Intentó entonces amar sin poseer ni las herramientas ni el ejemplo adecuado y tampoco lo consiguió, y al fin la torpeza y los quehaceres de la vida le descubrieron su soledad mas intima. Aquello que siempre lo había atenazado con una congoja enorme, aquel miedo aparecía así de expresivo en ese instante. El temor a no ser amado, a no ser deseado, a que su unicidad se desvaneciera sin ser compartida, sin dar frutos.
Así un numero tan grande de seres humanos, no amados y no amantes se extendía en mi imaginación.
Me mantuve dubitativo, esa realidad está presente en mi mismo. ¿Seré capaz de romper la cadena, de desafiar al destino?

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