miércoles, 18 de marzo de 2015

Relato de los Suburbios I


        En las largas colas de los supermercados de los suburbios uno puede llegar a conocer a personas sin ni siquiera llegar a intercambiar palabra alguna o mirada de ningún tipo. Son muchas las cosas que uno, si se recrea con ociosidad en el arte de observar, es capaz de notar.

   Por ejemplo fijémonos en la forma en que los “compradores” esperan en la cola. Algunos se apoyan en una u otra pierna, mueven los brazos, los cruzan, los estiran, los dejan caer flácidamente, meten sus manos en los bolsillos de sus abrigos con sus gafas deslizanzo lentamente por su nariz. Soplan, resoplan, se colocan el pelo y permanecen firmes como reafirmando su presencia. La posición de cada espalda describe la gravedad con la que se toma cada uno asi mismo, dejando de lado cualquier fingida solemnidad.

      Pi-pi-pi

    El pitido de los productos pasando por el lector, la cola se desentumece y avanza hacia su destino. Desde el final al principio de la cola se comparten suaves movimientos de cabeza, muecas con la boca e incluso tímidas sonrisas que son a estas alturas del dia como pequeños salvavidas en el mar de la rutina. En algunos momentos se atisban también  palabras y suspiros que aderezan con algo de humanidad esta cola que igual que nuestra vida transcurre entre lo tedioso y lo realmente aburrido. 

    Algunos dirán que es parte de nuestra vida en los suburbios. Hoy en día la clase media abandona el bullicio de la ciudad y retorna a los campos, pero estos ya no existen. En su lugar moles enormes de hormigón monocromático se levantan como homenaje, como reflejo de lo que pasa en el interior de todo pequeño burgués, siempre ocupado y casi siempre vacío. Preocupado únicamente por el ejercicio  irreflexivo de no desentonar.

   Defecto y vicio es desentonar. Con pulcritud y observancia cumplimos virtudes y sin mear fuera del tiesto (al menos sin que nadie lo sepa) intentamos transcurrir por esta vida. “No des más de lo que puedas recibir”, “encuentra el intercambio más justo y beneficios para ti”, “mantén el buen hacer de tu apellido”, “procura no alejarte de las posiciones políticas caseras”, “que nadie sepa como piensas”, “que te conozcan por tu productividad laboral”.

     Así entre lo monolítico y lo uniforme, caminamos muchas veces de manera inerte.

Pi-pi-pi

Sigue avanzando esta cola y me fijo en la mujer que tengo delante de mí. Posee unos grandes ojos de color verde que adornan  una cara blanca,  apenas afectada por la edad . Mira expectante al dependiente. Su pelo suave desprende un color cobrizo y cae recogido hasta el cuello. Me atrae el color de sus uñas, un color entre naranja y rojizo que me hace sentir nostalgia por el verano. Me quedo observándola, sus manos juguetean con una tarjeta de crédito.  Cuando se cansa se apoya en el borde de la cinta transportadora. No medirá más de 1,60 a ojo de buen cubero.

    El color de sus uñas y sus manos finas me recuerdan las caricias de mi madre en mi más tierna infancia. Tardes de verano en las que uno se acurrucaba en su madre buscando de manera innata esa calidez y ternura. Caricias de las que una mano era la principal mensajera. Que delicia pasar horas y horas con esa sensación de paz y remanso. La brisa surcando tu frente mientras mirabas a tu madre sonriendo y esta te devolvía la mejor de sus sonrisas. Momentos en los que uno se encontraba asustado de vivir, atraído por observar y absorto por lo maravilloso de este mundo.

Miro a esta mujer que se encuentra en ese momento de tránsito entre la belleza juvenil y la maternal, la contemplo y de alguna manera recuerdo la calidez de la lejana infancia.

      Pi-pi-pi

Es mi turno, aquella mujer se  aleja con su compra. Desconozco si la volveré a ver.

     Paso a paso yo también me voy alejando del supermercado y de los inocentes recuerdos de mi infancia. Camino con cierta nostalgia mientras creo oír en mi interior la afirmación de que los hombres anhelamos muchas veces volver al sueño del que una vez fuimos expulsados. Retornar a ese estado semiinconsciente, flotante, cálido y seguro que solo conocimos en el seno de nuestra madre.

Así un día más la cola del supermercado supone un examen de conciencia al que me someto con esa sensación encontrada de que dejo algo de mí en aquellas estanterías y de que algo nuevo me acompaña a casa.

2 comentarios:

  1. "Preocupado únicamente por el ejercicio irreflexivo de no desentonar"... gran verdad y gran tristeza, hemos llegado a un punto en el que hasta tememos salir del rebaño. Y esas pequeñas cualidades personales son las que nos hacen únicos, y por las que, probablemente, destaquemos de nuestros iguales... por qué nos empeñaremos en limarnos las esquinas...

    Es increíble el poder de asociación que hemos llegado a desarrollar... y cómo llegamos a sentir los momentos de los que hablabas en el anterior post... Y es que no todo el mundo es capaz de sentir y relacionar de esa manera, y de transmitir... sobre todo de transmitir... mis felicitaciones.

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    1. Muchas gracias por tu comentario Essence. Creo que el escritor tiene el sentido ultimo de trasmitir, esa debe ser la esencia verdadera.

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